Si es cierto que las diversas tareas que realizamos en la naturaleza se han de orientar hacia la creación de un mundo más confortable mediante su humanización y su transformación en cultura, también es verdad que, en cierta medida, los espacios que habitamos configuran nuestro cuerpo y conforman nuestro espíritu. Los paisajes rurales o urbanos,tanto los físicos como sus representaciones culturales, confieren unas dimensiones y unos significados peculiares a los objetos en ellos situados y, sobre todo, a las acciones que los seres humanos protagonizamos. Influyen en el aspecto de nuestro organismo y configuran nuestra manera de pensar, de sentir y de actuar; alteran nuestros hábitos biológicos, modifican nuestros hábitos y favorecen la fluidez de las relaciones sociales.