miércoles, 14 de marzo de 2018

Pedro “el emigrante”, por Manuel Mata

Este relato histórico publicado por Manuel Mata hace 4 años, fue su primer texto en buceite.com.

Hoy vuelve en una "versión revisada y ampliada con dos finales diferentes. A elegir"
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Pedro “el emigrante”
Existe en Jimena la creencia de que fueron Salvador Infantes “Misterio” y Atanasio Rubiales los primeros  lugareños que en busca de un  futuro mejor para sus hijos, marcharon, a mediados de 1.958, más allá de los Pirineos a vivir una vida que no era la suya.


El historiador local Eduardo Navalón, que estudió a fondo tal asunto para la edición de su libro “Xemina: apuntes para una historia inventada”, cree, de forma equívoca, que fueron los hermanos Gómez Riquelme, a la sazón picapedreros en la construcción de la central hidroeléctrica de El Corchado, los que, en 1.906, iniciaron aquel éxodo que se mantendrá hasta finales de los años setenta.

Incluso el propio Cronista Oficial don José Requena,  concede, erróneamente, tal honor, a miembros de la familia Gómez-Solano de la Estación, arrastrado, quizá, por el deseo de llegar -adonde sea pero llegar- de todo investigador que se precie, y por una línea de trabajo falsa que le llevó hasta el Archivo Protocolario Transfronterizo de Port Bou en Girona.

Sirva este documento como adelanto a la Ponencia a presentar en las Jornadas de Historia y Arqueología que cada año convoca nuestro ayuntamiento, pero que se lo curran los de Tanis, en la que, de forma clara e inapelable, demostramos que el primer jimenato que emigró a Francia, en contra de su voluntad como veremos más adelante, fue Pedro Cárdenas Urbaneja, maestro-sastre.

Esta es la historia:

A mediados de junio del año de gracia de 1.789 todos en el pueblo tenían la certeza del inminente cierre de la Real Fábrica de Munición de Artillería. Una serie de avatares como la muerte de Carlos III, su principal valedor, los nuevos aires políticos impuestos por ministros liberales como Jovellanos, y la falta de fe en la toma de Gibraltar dado lo inexpugnable del enclave inglés, marcaron definitivamente el final de su breve existencia.

No obstante, la  población vivía inmersa en lo que hoy podríamos denominar una “burbuja económica”: Posadas, casas de  lenocinio, colmados y garitos ofrecían hasta el amanecer un continuo ir y venir de gente alegre y bullanguera.  El dinero se ganaba fácil y se gastaba rápido.

Pedro Cárdenas, que por entonces tendría unos 34 años, gastaba recio bigote que más tarde popularizaría la Guardia Civil, cabello negro azabache y ensortijado, manos de arpista, y mirada aguda como la de una abubilla.
Con gran talento y visión comercial, la familia Cárdenas regentaba la tienda de tejidos, manufacturas y sastrería a medida,  “La Ecijana”, nombre anterior al  propio negocio y a la memoria de la familia. Único establecimiento del ramo en Jimena, hasta allí se desplazaban lugareños de todo el contorno para adquirir unos trajes que gozaban de justificada fama en cuanto a calidad y buenas hechuras.

El taller de sastrería estaba ubicado en la planta baja del número 2 de la calle La Loba, y la vivienda en el piso superior. Una casa pintada de cal hasta los sardineles, colgajos de campánulas verdes y amarillas en la fachada, y tiestos de flores en el alféizar. Cubría el vitral una reja que, según los vecinos, era la misma que durante cientos de años cerró la mazmorra de la torre del castillo, y que Pedro Cárdenas y sus hermanos, desjarretaron, con ayuda de ganzúa y cincel, una noche negra y fosforescente como maldición gitana. Los ventanales traseros del inmueble daban al río Hozgarganta para aprovechar mejor los rayos solares hasta que trasponía por los cerros de Alcalá.

  En el almacén de la prendería, perfectamente ordenados en mesas, armarios y estanterías, se amontonaban chaquetas de cuadros escoceses, calzones de cordero merino vuelto, libreas de lana de Ezcaray, fustanes de algodón, hombreras con brocados, paños de seda de San Fernando y chalecos con leontinas en los bolsillos. En las mesas, tijeras y alfileres, tizas y afilatizas, reglas y cartabones, cintas métricas, planchones, y, en la pared, un jilguero mixto enjaulado que alegraba las tediosas jornadas de trabajo.

Pedro -hombre inquieto y emprendedor- ofrecía a sus clientes la posibilidad de  probar patrones, ajustar costadillos o hacer la prueba final a domicilio. Eso sí, con el consiguiente recargo en la factura.

Por eso a nadie extrañaba las continuas idas y venidas a la casa de D. Melquíades Valderas, gobernador de la plaza y máxima autoridad de la fábrica, incluso a horas en las que este se encontraba en su despacho oficial estudiando las innovaciones tecnológicas del fundidor Joao Ferreira o intentando cuadrar números con el contador Isidoro Herraldía.

Pero estaba su esposa, doña Dolores de Soldevilla, palentina de Cervera de Pisuerga, mujer menuda, del color de la miel de naranjo, pechos de soprano y moño ajarifado ante la que no era posible distinguir la línea divisoria entre el encantamiento y la congoja, entre el ensalmo y la desazón.

La tarde que el señor gobernador tuvo que volver precipitadamente a casa a recoger su binóculo y encontró al maestro-sastre entre las piernas de su santa esposa, alegando no sé qué medidas para la confección de no sé qué prenda íntima de ultimísima moda, era nublosa y con clamor de truenos en el horizonte.

Nuestro hombre apenas tuvo el tiempo justo para subir por calle Caminete Luna, recoger el maletín de tijeras rondeñas, despedirse de sus padres y, lívido y desamparado, dejar que el caballo que le prestó Eufrasiano el contrabandista, se hiciera cargo de su destino.

Poco después, nunca sabremos con qué intenciones, un piquete compuesto por dos guardalmacenes, el comandante rondines y el capellán de la Real Fábrica, armados de arcabuces y facas, recorrían las calles en busca de Pedro.
   
La Providencia, y la costumbre que tira en los animales tanto o más que en las personas, hicieron que al cabo de dos horas, “Bellaco”, que así se llamaba el jamelgo se encontrara frente a la verja de la colonia británica de Gibraltar. Pedro, cual soldado ateniense ante su abaton salvífico, suspiró profundamente sabiéndose sobreviviente a una tragedia que por fortuna para él nunca llegó a ocurrir.

El asedio a la plaza colonial y las férreas restricciones habían terminado seis años antes, por lo que no fue difícil comprar, por cincuenta reales de vellón, un salvoconducto, y pasar el control fronterizo, camuflado entre buhoneros, barberos-sacamuelas y prostitutas que trabajaban para ambos bandos.

A decir verdad, en aquel tiempo la ciudad calpense no era territorio seguro ni recomendable ya que por sus angostas callejuelas pululaban mercachifles, testaferros de negocios turbios, prestamistas y otra gente de mal vivir. No como hoy.

Al día siguiente, sin saber muy bien qué hacer con el resto de su vida, Pedro Cárdenas vagabundeaba por el puerto sobrecogido ante la visión de naves de todos los tamaños, aparejos y banderas perfectamente abarloadas al muelle Queen Elisabeth.
 En las fondeadas junto a la dársena, la marinería, entre maldiciones y canciones ininteligibles, realizaba labores de descarga o estiba, mientras que en las más lejanas hombres en las arboladuras, o colgados de cabos y maromas, adecuaban el velamen para lo que se suponía una inminente salida. El olor a brea y sal era nuevo para él, y, al respirar profundamente la brisa de poniente, llegó a la conclusión de que su futuro y su esperanza dormitaban en la bodega de alguno de aquellos barcos.

 Tras mucho pensarlo, malvendió el caballo y se decidió  por  “Le Couranne”, un galeón a vela y remo de tres palos, noventa varas de eslora, bordas poco elevadas, estibado de mármol de Almería para la reconstrucción de la escalinata principal de Notre Dame y que soltaba amarras a mediodía dada la calima reinante.
Poco antes de las doce del mediodía el contramaestre hizo sonar su silbato, la tripulación se apostó ante los espeques del cabrestante, levaron el ancla que quedó suspendida chorreando agua, brozas y moluscos, y, alguien, desde tierra, soltó las jarcias de amarre. El bauprés apuntó hacia mar abierto, el petifoque se tensó, las velas se hincharon y una espuma blanca y limpia acarició el pie de roda a modo de despedida. ¡Rumbo NNO!

 El capitán, un normando de boca despernancada, desplegaba en el buen tiempo unas lonetas sobre las cuadernas de toldilla para alojar allí a posible pasajeros mediante el pago de un módico estipendio; los marineros fuera de turno dormían en la cámara inferior del castillo de proa, el segundo oficial en una litera ubicada bajo el alcázar de popa, y el capitán en su camarote. Como un señor.

Pedro Cárdenas, ante la carencia de especialista, y dada su buena vista, fue contratado como vigía nocturno. Allí, en lo más alto del palo mayor, acompañado sólo por una gaviota insomne que a la segunda noche ya comía de su mano mendrugos de  pan inglés, daba vueltas a las incógnitas que el azar le podía tener reservadas.
Entre cabezada y cabezada, escudriñaba por la amura de tierra para detectar -antes de ser detectado- filibusteros y piratas de bajura, cuya principal ocupación era el cobro  del “Impuesto de Pase”, creado y gestionado por ellos mismos, a todo barquichuelo que se atreviera a navegar por aquellas aguas sin la escolta oportuna. Durante el día dormitaba en la bodega mientras el resto de la dotación se afanaba en las labores propias, baldeando cubiertas, afianzando las sentinas de carga, o limpiando puente y pañoles.

Durante la travesía no hubo grandes novedades salvo en el golfo de Vizcaya cuando, al singlar hacia Bermeo para repostar agua y carne seca de cerdo, al Couranne le cogió de pleno la galerna típica de aquellas costas. Los foques crujieron con fuerza, el timón pegaba bandazos imposibles de controlar, el botalón de la vela mayor giró repentinamente hacia dentro golpeando la cabeza de Pedro, que, en su inconsciencia, llegó a la conclusión de que aquel líquido viscoso que salía por su boca era la primera papilla que su madre le dio con tres meses de vida. Un horror.

Por fin, tras 20 días de navegación peleando por sobrevivir a las perversidades de la incertidumbre y a olas de cinco metros, el barco viró a babor embocando la ría del Sena camino de París.

El ínclito jimenato quedó maravillado ante la belleza que a medida que remontaban aguas se ofrecía a sus ojos: El rosetón gótico flamígero de Sante Chapelle, los palacetes del Boulogne, los chapiteles de la iglesia de Juan Sin Miedo, el incipiente centro industrial de Billancourt, los bulevares concéntricos...

Pedro Cárdenas, camisa de organdí, borceguíes de badana y jubón tono pastel,  bajó a tierra al amanecer del 14 de julio de 1.789.

Una extraña sensación de que algo irremediable iba a ocurrir lo envolvía todo.
 A sus oídos llegaban voces lejanas, ecos de pisadas y redobles de tambor. Algo así como una reverberación que reproducía la sacudida de un temblor desconocido hasta entonces:

“Allons, enfants de la patrie,
Le tour de gloire est arrivé “

Una exaltación, un entusiasmo colectivo, un poder mágico concentrado en una única idea arrastra a los pobres, a los parias, a los desheredados de los arrabales de Paris, al asalto de la Bastilla, al compás de una melodía que hace vibrar en sus corazones proclamas y credos no escuchados nunca antes.

Amour sacré de la patrie,
Conduis, soutiens nos bras vengeurs ¡
Liberté, liberté chérie,
Combats avec tes défenseurs ¡

¡! Liberté Egalité et Fraternité!
 
Y es que Francia no disfrutaba de su mejor momento. El país vivía bajo el despotismo ilustrado de Luis XVI que, en honor a la verdad, fue mejor rey de lo que después la Historia juzgó: Hacía ya diez años que había suprimido la figura del siervo, suavizado algunas restricciones a la población judía, abolido la tortura, y mejoró ostensiblemente la vida en la armada y el ejército. El uso  de las lettres de cachet (prerrogativa por la que el Rey podía enviar a la cárcel a alguien sin juicio) era prácticamente nulo.



Sin embargo, el nieto del Rey Sol no contaba con las simpatías de nadie: La ausencia de hambrunas, los avances en medicina, y el interés por la higiene de personas y viviendas hizo que aumentara la población, creciendo, en consecuencia, el número de desempleados y jornaleros aunque la tierra cultivable era la misma y en manos de los mismos terratenientes.

Y, desgracia sobre desgracia, en 1788 una gran tormenta de granizo azotó el centro de Francia dejando arrasados los viñedos de Burdeos y Alsacia, las tierras de labor de Orleans, los frutales de la Borgoña y los olivos del Midi. Le siguió una gran sequía y un crudo invierno como nunca se había conocido: Lobos hambrientos entrando en los pueblos, campesinos comiendo hierbas hervidas para subsistir, niños famélicos chupando tetas vacías, y la sospecha de que la aristocracia  acaparaba trigo y centeno para especular.

En resumen, todos los ingredientes para que un pueblo culto y rebelde pusiera en marcha una revolución de mucha más trascendencia que la de 1.830, aquella en la que los ciudadanos de París se alzaron contra Carlos X por  -mira qué tontería- suprimir el Parlamento y pretender gobernar a su libre antojo y albedrío.

No. Esta vez la cosa iba en serio.

Los primeros meses de Pedro en París fueron duros, muy duros: Malvivía en los alrededores del Gran Mercado Central de Rungis, a las afueras de la ciudad, ayudando a descargar carros de verduras, frutas y hortalizas a cambio de los restos que quedaban esparcidos por el suelo, dormía en el zaguán de un galpón semiabandonado a espadas del enorme complejo agroalimentario y, pacientemente, veía la vida pasar.

 Así, hasta que un día, Tyche, la diosa en cuyas manos está el destino de los hombres, tuvo a bien hacerle actor principal de uno de esos sucesos, en principio inexplicable y fortuito, pero cierto y palpable, que hace que la vida de un ser humano gire ciento ochenta grados en milésimas de segundo.
Ocurrió en el Boulevard de Sant Michel durante el desfile que el marqués de La Fayette organizó para celebrar el primer aniversario de la Revolución: Presta la Guardia Republicana en traje de gala y formación cerrada,  atenta al toque de cornetín para iniciar la parada, y ocurre lo inesperado: Gilbert du Motier observa, horrorizado, que ha perdido la borla que cierra, a modo de cotonía, la guirindola de su camisola. Entre el desconcierto de ordenanzas y turiferarios, surge la figura de Pedro, ofreciéndose a dar solución al desastre: De su faltriquera saca hilo y aguja, y, en menos que canta un gallo, el célebre militar estaba de nuevo en perfecto estado de revista.
 
 De ahí a ser sastre oficial de la Revolución, un solo paso; Danton, Desmoulins, Marat, incluso el mismísimo Robespierre pasaron por su taller de costura. Igual daba ser jacobino que girondino, cordelero que viejo aristócrata reconvertido al nuevo Pensamiento: si no vestías según la moda que imponía “le petit espagnol”, no eras nadie en la  Asamblea Nacional.

Mientras tanto, los acontecimientos seguían inexorablemente los derroteros que la Historia les tenía reservados: Denuncias, delaciones, pruebas inculpatorias o leves insinuaciones bastaban para verte  frente al temido Comité Nacional de Defensa acusado de contrarrevolucionario.

 En consecuencia, primero la desconfianza, luego el pánico, y más tarde el terror, se adueñaron de calles y clubs de sociedad, de casas nobles y talleres artesanos, de iglesias y escuelas, de cuarteles y  judicaturas. Las ejecuciones diarias frente a un pelotón de fusileros se contaban por cientos hasta que alguien  -con dos dedos de frente-  convino, números en mano, que cada muerto costaba a la Revolución el equivalente a dos balas. A tal efecto se crea una Comisión Especial que delega en el doctor Joseph Guillotine para que proponga un modus operandi alternativo más barato, rápido, limpio e indoloro ¿sic? Éste, diputado de la Asamblea Nacional y contrario a la pena de muerte, se presenta al mes siguiente con un artilugio pintado de rojo compuesto por dos listones verticales unidos en su parte superior por un travesaño que sostiene en alto una cuchilla triangular de acero más fina que un coral. La parte inferior la ocupa un cepo donde el reo -quiera o no- introduce la cabeza. En la posterior, y sin que la víctima se percate -aunque lo intuya-  el verdugo accionará un resorte y la hoja caerá sobre el cuello separando la cabeza del tronco a la altura de la cuarta vértebra cervical.

 (“Que ya es entrar en detalles”. *Nota personal del director de Buceite)

Bueno, pues así un día tras otro, hasta que un general bajito y rechoncho, entradas en las sienes, el ego por las nubes, y arrastrando viejas frustraciones de la infancia (no, no era Franco), dio un puñetazo en la mesa al grito de: ¡Jusqu`á ici nous sommes arrivés!  En veinticuatro horas cesa el Directorio, deroga la Constitución, dispersa los Consejos Legislativos y se proclama emperador de Francia. Corría el mes de mayo de 1.804.

Durante todo el tiempo que duró la Revolución, Pedro logró pasar desapercibido sin implicarse en trifulcas, intrigas y riñas políticas que ni le interesaban ni entendía, dedicado al hilo y la aguja, al paño y a la muselina, a las sayas y a los uniformes tricolores, complaciendo a tirios y troyanos, adaptándose a los cambios y practicando el francés (que en Jimena no se conocía por aquella época) con la esposa de algún gerifalte más entretenido en ascender en el escalafón que en atender sus obligaciones maritales.

Final 1):

Por fin, a principios de 1.808, se presenta la oportunidad de volver a España: El instinto y la nostalgia de una vida anterior le han empujado a aceptar un puesto como intérprete en la comitiva que acompaña a José, hermano mayor del emperador, en su viaje a Madrid para hacerse cargo del reino tras la abdicación de aquel insensato rey llamado Carlos IV.

 Postrado ante el altar de la Real Colegiata Santa María de Roncesvalles, sus ojos se humedecen, florecen recuerdos fijados a la memoria con los clavos de la emoción, y, un extraño pálpito, mezcla de felicidad y abatimiento, de desasosiego y lasitud, resuena en su corazón.
Volvía a casa.

 Final 2):

Más tarde, cuando todo se calmó y dejaron de rodar cabezas, cuando Danton y  Robespierre, desparecen  -para siempre- de la escena política, cuando se asienta el nuevo orden establecido, nuestro sastre errante alquiló una mansarda de paredes trinitarias en el piso superior de “Maison Nicöle”, contrajo matrimonio civil con la hija de la dueña, y afrancesó su nombre: Pierre Cardín.

Con el paso de los años Pierre -recuerden, hombre inquieto y emprendedor- inventa la pasarela, crea la figura de la modelo, diseña la ropa de marca, estimula -entre la gente pudiente- la oniomanía, y funda un imperio en el mundo de la moda, la alta costura y la confección que, aún hoy, sus descendientes conservan y magnifican en el mundo entero.

Pero, ésa, es ya otra historia.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gusts más el segundo

Anónimo dijo...

Soy amigo de Manolo que me ha enviado el enlace. Hice la mili con él en la Marina y durante unos meses estuvimos asignados al Juan Sebastian Elcano. El tío todavía se acuerda de la nomenclatura técnica naval. Qué memoria.
Pepe Gutiérrez La Línea.

Anónimo dijo...

Entre tanto rollo político y tanto comentario de los mismos de siempre leer con tranquilidad una historia como esta nos viene muy bien

Eduardo Erjimenato dijo...

Muchas gracias Manuel por su relato, siga usted deleitando con su imaginativa narrativa

Cristobal Moreno dijo...

Con esa dialéctica y esa técnica en el escribir, con sólo seguirla hasta que te canses, sale un libro y después los que quieras, que se leen con hambre.

Francisco Quiros Ocaña dijo...

Me gusta el final segundo. Sobre el texto, sublime, merecedor que tuviese un gran difusión. Genial Manolo

Anita Mari dijo...

Magnífico relato! Te felicito Manolo. Chapeau!

Pedro dijo...

Este relato, merece ser adaptado como guión para una película. Enhorabuena Manolo!