sábado, 14 de enero de 2017

"Un cuento. El laberinto del principio y fin", por Cristóbal Moreno “El Pipeta”

Juan, “El cabrero”, que parece un lelo, es poseedor de una inteligencia innata. Seguidor de Stephen Hawking y Edward Witten, se había centrado profundamente, estudiando lo que de ellas se sabía, en las teorías del universo: el Big bang, la teoría cuántica, de cuerda, los agujeros de gusanos, los agujeros negros, etc. Con el solo objeto de poder viajar en el tiempo a la velocidad de la luz, entre otras. Todo esto le traía loco. Quería también entender el por qué se envejece, y si la muerte es real o ficticia, o es que solo se pasa a otro estado físico rejuveneciéndose y recomponiéndose la materia energética de los cuerpos para formar otra vida en mundos paralelos e invisibles.


Analizó conclusiones: «Los agujeros negros no son tan negros. Siempre se escapa alguna energía de ellos. Los planos ondulados o doblados del universo poseen agujeros negros que los traspasan. Lo que entra en ellos se comprime hasta el tamaño mínimo de lo no visto ni conocido; y pasan hasta la cara inversa del plano donde su energía se expande y vuelve a reconstruirse en lo que eran dentro de un mundo paralelo. De igual forma o similar podía ocurrir con las cosas y los seres vivos al ser aspirados por un agujero de gusano. Eso le habían explicado, pero por mucho que se centraba en estas cuestiones no llegaba a estar de acuerdo. No creía ni en la teoría del Triángulo de las Bermudas. No obstante su forma de oírse a si mismo sobre sus creencias era hablar con las cabras en voz alta, así se oía él y se analizaba; ahora practicaba hablándoles de las dimensiones, a partir de la tres, hasta la once o llamada “M”. El universo posee un limite indefinido de dimensiones, les decía; pero no era capaz de quedarse con la idea científica para demostrarlo, no la veía clara en su mente y las cabras no le ayudaban.

Mentalmente navegaba hacia atrás en la lejanía del tiempo: siempre existiría un algo que llevaría a otra cosa, no había principio ni fin; la energía se transforma pero es eterna; la transformación posee caducidad y vuelve a ser energía; todo es energía. Un mundo infinito de energía, con el solo término del tiempo igualmente infinito, que va penetrando en otro tiempo vacío que lo absorbe, y allí sigue la transformación energética. El tiempo es energía y la energía tiempo y ambos, imanes de un todo. La clave está en el tiempo, pensaba.

Si consiguiera llegar al núcleo del tiempo él lo sabría todo. ¿Cómo parar a las ondas gravitatorias?. Para eso tendría que detenerlo deteniéndolas, o mejor aún, pararlas para que no escapen fuera del universo. Pero cómo. ¿Y cómo se para al tiempo? ¿Existiría tiempo en ese o esos otros mundos paralelos? ¡Ni membranas dimensionales ni leche! Ni nada de nada, no hay nada, o si; ¡sí, siempre ha existido algo!. Continuaba pensando, hablando en voz alta, las cabras ni le escuchaban, ni les importaban un rábano sus cavilaciones, o ni eso, pues ni pensaban ¡Esa es otra! Todo suposición, suposición, suposición...

Después de mucho pensar culturalmente, se rebajó a pensar como lo hacía y le explicaba su abuelo que fue maestro de esos que en los años cincuenta recorrían los cortijos enseñando a los niños: “El tiempo de cualquier persona o cosa se para haciéndoles una fotografía, envejecería la fotografía pero no la persona ni la cosa”.

Él no paraba de darle vueltas a eso: si la fotografía se obtiene por la reflexión de la luz, la luz es energía, la energía átomos en movimiento, la fotografía paraba a la luz, pegándola, pasándola. Por tanto el tiempo está en lo vivo y en la composición de lo muerto, y en todo (ya que también envejece la fotografía) y no tiene principio ni fin a igual que el propio universo. Tiene que haber otras partículas en la aceleración de la energía, partículas “S” y habrá que buscarlas. Pero..., y si todo esto está equivocado y existen otras leyes básicas del universo distintas a éstas que conocemos. Habrá que volver a empezar. ¿Y cuánto tiempo llevará el descubrir ese algo diferente? Vemos pero estamos ciegos. Oímos pero estamos sordos al sonido del universo. Pensamos pero somos enormemente torpes. Solo creo en lo que oigo y lo que veo. Por tanto soy un incrédulo total, llegó a concluir.

Él era una persona cristiana, creyente, y ahora con dudas sobre la teoría del big bang origen del universo. ¡¡Inexcusablemente hay un Dios!!, -pensaba- ¿pero qué pudo existir antes del cataclismo..., nuestro Dios Jehová...? ¿Y antes de él otro Dios...?, se preguntaba. No había fin -se atrevió a decir-, ni tampoco principio: sino una sucesión de dioses. ¡Vaya, volví a justificar el principio! -dijo-, que es lo mismo que seguir sin saber nada. ¡¡Haber malditas cabras!!!: ¿A donde van las energías gastadas en pensar, se van pegadas al pensamiento?

2 comentarios:

Anónimo dijo...

La línea de espacio pensamiento temporal como dirían los estudiosos en materia.

Anónimo dijo...

De nada vale calentarse la cabeza. Como no hay ni principio ni fin, siempre vas a parar al mismo sitio. Esto es una quimera!.