Las raíces, efectivamente, se plantaron -y, en cierta medida se siguen esparciendo- mediante esa educación machista e inhumana que privilegia la fuerza física e, incluso, el poder de los poderosos, y que se adentra en la profundidad de las conciencias de tantos seres que no han llegado a asumir el valor absoluto de cada una de las personas con independencia del sexo, de la edad y del nivel económico, social o político que haya alcanzado.
En mi opinión, la única fórmula para lograr la verdadera paz es el reconocimiento explícito de que la persona humana constituye el fundamento y el punto focal de todas las acciones económicas, sociales y políticas. Por muchas estrategias pedagógicas que ensayemos, no lograremos alcanzar una paz estable en la familia y en la sociedad si no aceptamos que el respeto a la persona -a todas las personas- es una condición esencial y el punto de partida de las teorías filosóficas, de las doctrinas éticas y de las prácticas educativas.
En la actualidad la dignidad humana está amenazada seriamente por el nihilismo filosófico -todos los valores vigentes son una pura nada-, por el fanatismo religioso o político -la entrega apasionada y desmedida a una idea o a unas convicciones consideradas como absolutas, y el ansia irreprimible de imponerlas a los demás mediante procedimientos represivos-, por el individualismo radical liberal -sólo mi vida vale y la del otro tiene un valor funcional- y por la concepción hedonística de la vida -todos los placeres físicos deben ser satisfechos sin restricción alguna-.
Pero, a mi juicio, en los ambientes intelectuales se está introduciendo otro germen patógeno que es mucho más destructivo: el cientifismo que defiende una ciencia sin conciencia y que fomenta un progreso científico que es independiente del crecimiento ético. Ya tenemos suficientes experiencias históricas para llegar a la conclusión de que la paz está en peligro cuando no respetamos la dignidad humana y cuando, en la convivencia social, no buscamos el bien común. Por eso deberíamos seguir insistiendo en la centralidad del ser humano en el universo y en la historia. Éste es, a mi juicio, el fundamento de un humanismo integral y solidario que garantice el crecimiento humano y el progreso social: el respeto al ser humano y a todos los seres humanos.





