viernes, 5 de octubre de 2018

“Veredas salvajes”, por Cristóbal Moreno Romero El Pipeta

Cristóbal Moreno Romero "El Pipeta" ha publicado este relato en la sección de narrativa del núm. 33 de la revista del Club de Letras de la Universidad de Cádiz SPECULUM, que se publica en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, y dirige José Antonio Hernández Guerrero. 




“Veredas salvajes”

La noche había sido tranquila y fecunda, pero llovió a intervalos. Envueltos en música boscosa y nocturna, e inmersos en sus pensamientos, andaban alerta; las conversaciones, meros susurro. Rapaces y guardias al acecho. Los mochileros, oliendo a tabaco, volvían a sus casas alegres y somnolientos, pero con los bolsillos llenos. Las cárceles seguirían vacías y algunos seres vivos volverían a ver la luz del día.

Detrás dejaban veredas salvajes donde únicamente las lechuzas y el aire reían. Los sonidos se iban alegrando. Tamborileo: el roble, al pájaro carpintero se resistía. Lentas raíces embarradas escupían tierra mojada. La noche abría cortinas y las estrellas se escondían. Los pájaros comenzaban a cantar. El cabrero voceaba y silbaba; por el canuto restalló la honda. Un motor arrancaba. El asno rebuznó. Al Este las montañas se iban vistiendo de Sol. Se desperezaba el día. 

Juan, incómodamente sentado en un tronco junto a la vieja cabaña de brezo, acariciaba el mango de un curvo calabozo. En el interior estaba María, la esposa de Juan, que abrazaba la almohada de su cama y aspiraba el olor a brillantina que la cabeza masculina había dejado tras una loca noche de amor. Satisfecha, se difuminaba la luna en el azul del profundo cielo. Perezoso asomaba el Sol. El ensillado y sudoroso caballo mordisqueaba hierba fresca. Aulló un lobo e, inquieto, el caballo levantó la cabeza. El aullido fue respondido a retaguardia. Al fondo del valle una nube grisácea rozaba el campanario de la iglesia. Al final del camino que bajaba al pueblo, la silueta presurosa de un hombre entraba en la primera calle. Grajeó un cuervo. La nube soltó un chaparrón. Arriba, Juan se irguió y, con ojos de fiera, calabozo en mano, se dirigió decidido hacia la choza. Un gato, con el pelo encrespado, bufando, salió corriendo. Ladró furioso un perro. Chucheó un búho y el lobo volvió a aullar. Se estremeció la vivienda y se ahogó un grito. El caballo corrió asustado cogiendo el camino por donde, al fondo y subiendo rápidos, brillaban dos charoles atricorniados.
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3 comentarios:

Anónimo dijo...

¡ Alto a la Guardia Civil ¡
Muy bueno, Cristóbal. Excelente prosa

Cristobal Moreno dijo...

Gracias, quién seas.

Anónimo dijo...

Para mi gusto, muy empalagoso.