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UNA PRIMERA CITA
Son las siete de la tarde. Avanzo nervioso y apresurado. Hace unos días celebré mi envejecimiento, rebasé el tercio de una vida centrada en estudios y trabajo, guiada por los hilos de la investigación. Sin embargo ahora, quería compartir el tiempo libre con una chica. Mi madre me ha hablado de una amiga: guapa, inteligente y puntual. Me peino el flequillo en el reflejo de una marquesina del metro mientras las escaleras mecánicas descienden; me gusta mi imagen. He quedado con ella para tomar té en una cafetería del centro, a las seis y treinta y cuatro. No podía dejar el experimento a medias. Camino acelerado al tiempo que pienso en el sentido de la rotación de la tierra y, para llegar a tiempo, subo al metro en dirección opuesta.
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