jueves, 31 de mayo de 2018

"Lo vamos a dejar", por Manuel Mata

ASÍ, tajante, incontestable, sin resquicios para la negociación:
      - Álvaro, lo vamos a dejar.
 Podría elegir algo más suave, más delicado:
      - Álvaro, cariño, lo siento, pero lo nuestro lo vamos a dejar.
Pero eso sería engañarnos, a mí misma y también a él, porque ni lo siento, ni hay nada que sea nuestro, y nunca le llamo cariño.


Capítulo I.-
Conocí a Álvaro hace cinco años, en el Centro de Salud de Guadalflores donde yo ejercía de enfermera contratada eventual. A los pocos meses de mi incorporación llegó el nuevo pediatra: un chico joven, fortachón, de aspecto saludable, tupé a lo Rock Hudson y sonrisa embaucadora que cautivó a todas, incluido Onofre el conductor de ambulancias. Empezamos por coincidir a la hora del desayuno, en las visitas a domicilio, y después, en su compañía, las guardias nocturnas se hicieron más llevaderas: Ay, aquellas noches de invierno, acurrucados en los sillones-sofá, tapados de cintura para abajo con una manta, en las que la conversación, las risas, y las confidencias se alargaban hasta  el amanecer cuando irremediablemente nos vencía el sueño.
Capítulo II.-

La primera vez sucedió en Málaga, a media noche, durante el curso de infectología pediátrica que convocó el SAS para que el personal actualizara conocimientos en la materia. Cenamos, tomamos dos gin-tonic y nos fuimos a dormir. Nuestras habitaciones (415 y 417) estaban al final del pasillo. Sólo el sonido acompasado de nuestros pasos sobre una alfombra rojo merlot y urdimbre entremezclada con coronas ocre, superaba los latidos de mi corazón. 

Bien, pues al llegar, por más que yo lo  intentaba, la dichosa puerta no se abría: tarjeta para arriba, tarjeta para abajo, de lado, al revés. Imposible.  Imposible hasta que él me susurro al oído: ¿me dejas probar a mí? Por arte de magia, por ensalmo, o por una casualidad, sonó el clic característico, y el aposento, en todo su esplendor, con la cama al fondo, quedó a la vista. En mi  chispeante delirio etílico, confundí las habitaciones, y, en verdad, estábamos ante la suya.
¿Pasas? Preguntó.
Capítulo III.-
Después vinieron los días de vino y rosas. Al salir del trabajo me invitaba a comer en hoteles con servicio de restaurante, lejanos al hospital y, tras los postres, subíamos a una habitación. Durante un par de horas yo disfrutaba de su lentitud, de su atrevimiento, y de aquella forma especial que tenía de besarme por todo el cuerpo. ¡Salía como nueva!
Capítulo IV.-
Hasta que llegó el día -hace poco- en que descubrí, perpleja y en todo su aspereza, la aburrida regularidad de nuestros encuentros, las prisas al desvestirnos, vestirnos, ducharnos y salir pitando, el automatismo de un acto previsible en todas sus variantes; la misma respuesta a los mismos impulsos en una especie de obligación marital consentida y asumida por ambas partes.
Y, sobre todo, esa obsesión suya de última hora porque yo llegara -siempre- al apogeo, al éxtasis, a ese punto sin retorno que los hombres -por propia naturaleza- tienen vedado, y que, en su desconocimiento, subliman, buscándolo desesperadamente a través de la mujer que tienen al lado.
Así que a veces -cada vez más- yo fingía. No tenía más remedio que fingir ante la sensación de fracaso, de angustia y desengaño que  le invadía adueñándose de todo su ser, incluido el subconsciente. 

Capítulo V.-

Sí. Lo vamos a dejar. Tomé la decisión anoche, cuando, cansada tras una dura jornada, volví a casa y encontré a Enrique acostando a los niños. Los había duchado, dado la cena, recogido la mesa, y ahora, los tres, plácidamente recostados en la misma cama, leían un capítulo de “La Isla del Tesoro”.  Enrique es mi marido y el padre de mis dos hijos, Adolfo y Carlitos de once y nueve años. 

Mi madre dice que formamos un matrimonio equilibrado, armónico, y con una familia muy bien estructurada (aunque según ella Carlitos tenía que haber sido niña). Que somos la envidia de nuestros amigos porque, cada verano, cuando vamos al chalé de Roche, nos espera la sorpresa de alguna pareja que se ha separado y anda en líos de  abogados, custodia de niños, propiedad de la casa, titularidad de las cuentas bancarias, manutención, etc.  Ella, mi madre, practica el taoísmo, descodifica cartas astrales y lee, en el iris, el grado de felicidad de las personas, y dice, ella, que la nuestra alcanza los 150º  sobre 360º, que es lo máximo.  Lo cual es muchísimo. Dice ella.

 Enrique es un encanto de hombre, jaranero e irreflexivo pero más bueno que el pan. En su juventud quiso ser hippy, y un buen día del verano de 1.988, se fue a Ibiza al concierto que en la plaza de toros ofrecieron conjuntamente Scorpions y Cantores de Híspalis. Apoteósico, remataba siempre que salía el tema.

El periplo pitiuso duró varios años de los que nada se sabe. A su vuelta, con el dinero de su padre, que regenta la mejor asesoría jurídica y fiscal de la provincia, abrió una galería de arte donde lo más selecto, y a la vez zarrapastroso, de la creatividad  y el talento hispanos encontró cobijo: Pintores, escultores, poetas y otros iluminados, pasaban horas y horas entre música sicodélica, porros, litronas Cruzcampo y sesudas discusiones sobre la filosofía de la Diferencia. Pero yo me enamoré de él.

En las pasadas elecciones municipales se presentó a alcalde por Podemos y, consecuentemente, se dejó crecer una coletilla -que al menos cubría la incipiente calva de su nuca- empezó a usar colonias caras, y compró la biografía de Simón Bolívar de John Lynch, un mamotreto de quinientas páginas del que leyó las veinte primeras y la sinopsis de la contraportada.   El fiasco en las urnas fue espectacular, estrepitoso, incuestionable, y mira que se lo advertí: Enrique, ¿dónde vas tú con esa gente? Que son  niños de papá, con estudios universitarios cum laude, que no han dado un palo al agua nunca, que terminarán en las tertulias de la Sexta, y -como todos- pegándose navajazos unos a otros.

  Si al menos se hubiese presentado por el PP. El partido que gobierna con mayoría absoluta la ciudad donde vivo desde hace veinte años; que rescató este país de la tremenda crisis que padecimos; que goza de una disciplina interna y un cuerpo electoral a prueba de bombas; paradigma de la unidad de España…. que sí, que hay catorce o quince casos aislados, y qué, eso pasa en todas las familias.
 Pues no señor, mi Enrique, p´alante, como los de Alicante.

Capítulo VI.-

Debo confesar que no soy mujer orgullosa ni egoísta, ni me cuesta aceptar mis errores.  Puedo tener una opinión firme sobre un asunto -o una persona- y al rato, si me convencen, pensar lo contrario sin ningún pudor. En definitiva, que a mis cuarenta y tres años, en el culmen de mi capacidad cognitiva para discernir las razones de nuestra existencia, he llegado a la conclusión de que el amor no es algo tangible, ni que se pueda medir, sino, más bien, un sentimiento aleatorio, fortuito y… temporal.

 Así que hoy es el día: Citados en el Bar Central, a las cuatro de la tarde, en la mesa del fondo, con un café por delante (para mí con sacarina, por favor) Enrique, Álvaro y yo, les soltaré -a los dos- de forma tajante, incontestable y sin resquicios para la negociación: LO VAMOS A DEJAR.
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Imagen de Pixabay

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Manuel Mata digale a esta señora que cuando tenga los papeles del divorcio que me pase al marido.
Me gusta.

Anónimo dijo...

Querido Manolo;
Hace mucho tiempo que sigo tus relatos y cada vez el listón es más alto.
El enriquecimiento del vocabulario, la ironía, el sentido del humor..... han contribuido a esperar un nuevo relato con alegría y ansiedad.
Creo que este es el Giraldillo de todos ellos. Has sido capaz de pensar, sentir y expresar e incluso transmitir la sensibilidad del sexo opuesto. Han aflorado las hormonas femeninas que llevas dentro.


Gracias y enhorabuena.

Anónimo dijo...

Por favor por favor esto es una alabanza al adulterio. Por favor quitarlo
Carmen.

Francisco Quiros Ocaña dijo...

Se que soy un poco pesado, pero insisto. Tienes que plantearte escribir de modo profesional

Anónimo dijo...

Soy mujer y me cuesta creer que esto lo ha escrito un hombre.

Manolita dijo...

Las mujeres nunca somos infieles. La infidelidad es como el coñac Fundador, cosas de hombres.

Lola dijo...

En respuesta al anónimo de las 12.18 pm: A mi me parece que su comentario no es de una mujer. Yo si lo soy, muy mujer!