martes, 4 de julio de 2017

"El al-Qaid de Ronda: Rio Verde, más negro vas que la tinta II", por Eduardo Navarro Er Pedagogo Jimenato

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El al-Qaid de Ronda: Rio Verde, más negro vas que la tinta II

Al amanecer, con los caballos ya extenuados, entraban en la ciudad de Ronda. Después de ordenar a sus hombres que se retiraran, se dirigió directamente al palacio de Ibrahim b. Muhammad al-Qabsani, al-Caíd de Ronda, acompañado de María.


En cuanto estuvo delante de su al-Caíd solicitó que la cristiana fuera tratada como una huésped de honor y no como una cautiva, Ibrahim que conocía bien al mejor de todos sus hombres, accedió a sus deseos con una gran sonrisa, nunca había visto su lugarteniente embriagado por una mujer de esa forma.

Después de retirar a María a sus aposentos, Abdel relató detalladamente todo lo que le había acontecido. Ibrahim, sorprendido de su valentía, ordenó a su oficial que descansara de inmediato, ya que necesitaría todas sus fuerzas Una vez realizados los preparativos partirían con su guarnición hacia Málaga, donde se encontraba el Visir Abu I-Qasim b. al-Sarray con sus tropas, reconocido como un alto dignatario de la corte nazarí y uno de los más importantes jefes militares de sus ejércitos.

Llegados a Málaga, el al-Caíd de Ronda y el Visir estuvieron reunidos durante largo tiempo, les acompañaba un renegado que se le conocía por “mamalik”, diestro del terreno malagueño palmo a palmo. También se había solicitado la presencia de Abdel Karim, puesto que participaría activamente en la celada que habían preparado a las tropas de Saavedra, la suerte de la razzia cristiana estaba ya echada.

Ajenos a los preparativos de los nazaríes, Juan de Saavedra y el Caballero Ordiales partieron desde Ximena con 300 caballeros a caballo de los mejores y 400 peones de infantería elegidos por ellos mismos, entre ellos buena parte de la guarnición de la villa, entrando en territorio granadino en la fecha del 10 de marzo de 1448. Las huestes cristianas corrieron el terreno durante tres días hasta alcanzar el valle de Cártama, dejando a un lado las grandes poblaciones, quemando cultivos, realizando talas y requisando el botín de valor de lo que encontraban en el camino.

Ya de vuelta a casa, con el trabajo hecho, confiados por el enorme éxito de su empresa, admiraban los valles cercanos a Marbella, abundantes en trigos, donde sus uvas no tenían parangón en todo el reino granadino y celebraban como hormigueaban los nogales y castaños. Desde Istán, siguiendo el Río Verde, se encaminaba hacia cerca de la desembocadura y a su amargo destino.

En el momento que se propusieron vadear el río su retaguardia fue atacada por un grupo de nazaríes, formado por cien experimentados jinetes, encabezada por Abdel Karim, dejando en el suelo a varios peones caídos con flechas en sus corazones. Creyendo que sólo tenía que enfrentarse contra ese grupo, Saavedra y Ordiales ordenaron a las huestes cristianas que cargasen con brío contra ellos. El naqib y sus hombres no solamente evitaron el ataque, sino que con sensatez se replegaron e iniciaron la huida. Los cristianos iniciaron la persecución de forma decidida. La celada estaba dando buenos resultados.

Por lo quebrado del terreno, los cristianos no podían apreciar el gran contingente de soldados nazaríes que les esperaban. Se trataba de una antigua táctica de la caballería ligera de los bereberes, utilizada por los nazaríes, “karr wa-farr”, que simulaban una huida para cargar contra el enemigo al ser perseguidos, con la que obtuvieron no pocas victorias.

Cuando menos se lo esperaban fueron envueltos súbitamente por un ejército numeroso en todas las direcciones. La formación cristiana fue deshecha en un soplo y la resistencia tan sólo duró un momento. El valle quedó lleno de muertos y heridos cristianos, por más que intentaban la fuga el terreno estaba plagado de un número muy superior de enemigos.

Solamente lograron escapar cuatro caballeros, aprendieron a 150 prisioneros y el resto de tan numeroso grupo dejó el Río Verde más negro que la tinta. Allí, también dejó su vida el caballero Ordiales, defendiendo a sus hombres y derribando a más de un granadino, hasta que fue abatido mortalmente por varias lanzas enemigas.

Juan de Saavedra, que había sido derribado de su caballo, se benefició del desconcierto y se ocultó en un jaral, allí estuvo todo el resto del día sin que fuera descubierto. Cuando llegó la noche, acosado por el hambre y la sed, vagó por el valle hasta que fue apresado por los soldados de Visir. Trasladado a Granada, dos años más tarde fue rescatado en el “Meswar”, con la aportación económica del propio Rey Juan II de Castilla y León.

La noticia de la pérdida de tantos hombres cayó como un jarro de agua fría en Jerez, Sevilla y la Corte. En un principio incluso se pensó que había caído Juan de Saavedra, de tal forma que fue considerada “como uno de los daños más señalados en esta frontera haya habido en mucho tiempo”.
Desde la Corte se enviaron misivas a las ciudades de Sevilla y al Duque de Medina de Sidonia, para que reforzaran todos los puestos fronterizos que quedaban en peligro. De hecho, después del desastre toda la frontera estaba amenazada y los granadinos en condiciones óptimas de asolar el territorio cristiano.

Jofre de la Cerda, dos semanas más tarde, con la mirada perdida de nuevo hacia la Sierra Bermeja, perdía su vista con tristeza hacia el territorio granadino, acababa de recibir refuerzos en víveres, armas, caballeros y lanceros, se preguntaba porque motivo el azar les había protegido cuando habían estado muy vulnerables ante cualquier ataque de los nazaríes. Aunque en sus ojos sentía el profundo dolor por desconocer el paradero de su hija, no sabía que ambas circunstancias estaban estrechamente vinculadas. Descorazonado se retiró a sus aposentos, de nuevo pasaría la noche en vela, preocupado por María.

En ese mismo momento se iniciaba la partida desde Ronda de Abdel y María. El naqib había solicitado a su al-Caíd realizar este trayecto sin la escolta de su unidad de caballería. A su pesar, la petición fue concedida, el éxito cosechado en el Río Verde se debía a su valentía y le dejó partir con su aprobación.

En el trayecto sus miradas se detenían de forma constante, el uno en el otro, en ningún momento María intentó fugarse, aunque cabalgaba sin estar atada. Sabía a dónde se dirigían. Asimismo era consciente del grave peligro que se sometía Abdel, si cerca de la fortaleza ella avisaba de su presencia darían cuenta de su vida.

Ya en el mismo río que fue apresada, muy cerca de la fortaleza, Abdel sujetó las bridas de María y le dijo:
—La fortaleza donde se encuentra tu padre está a menos de media legua de aquí, debes llegar caminando.
—Gracias soldado —contestó María mientras desmontaba.

Abdel desmontó del suyo, se acercó a María y la besó en la frente. Ella como si se tratase de un impulso intenso acercó sus labios a los de el oficial y ambos se unieron de forma profunda. Cuenta que desde entonces el río lleva la esencia de esos amores que te atrapan cuando bebes los suspiros arcaicos de su cauce.

María inició el camino hacia la fortificación, sin mirar atrás, en breve llegaría las primeras luces del alba, deseando fundirse en un sentido abrazo con su padre, dejando a la orilla del río las esencias del amor de frontera, que, sin embargo, la acompañaría a lo largo de toda su vida.
FIN.

2 comentarios:

José Cabrera dijo...

Nuevamente otro bonito relato que en esta ocasión sobre las andanzas de María y su enamorado Nazari, cuya implicación en el exterminio de los soldados Jimenatos de Río Verde, aquel que guarda su mosaico Romano en la Villa junto al río del mismo nombre.
Tal vez el castaño santo árbol singular de las estribaciones de la sierra de las nieves haya sido testigo "destas mesnadas". Un abrazo Pedagogo.

Eduardo Erjimenato dijo...

Gracias José, un abrazo.