martes, 30 de julio de 2013

"San Pablo de Buceite: un pueblo al servicio de la paz", por José Antonio Hernández Guerrero

San Pablo de Buceite constituye una luminosa, estimulante y ejemplar apuesta por la paz. 
Esta población de algo más de mil seiscientos habitantes -que sigue siendo desconocida por muchos de nuestros comprovincianos- nos proporciona un aleccionador referente de la paz, no sólo a los ciudadanos de las distintas comunidades autónomas del Estado Español, sino también a muchos habitantes de diversos países tan lejanos geográfica o culturalmente de nosotros como, por ejemplo, Cuba, El Sahara o Marruecos.

 Convencidos de que los espacios se humanizan cuando sirven de lugares de encuentros amistosos, de comunicación solidaria, de diálogo constructivo, de trabajo ilusionante y de ocio placentero para los hombres y para las mujeres, los sampableños ofrecen cada año este privilegiado paisaje situado en el borde de nuestra Provincia Gaditana para que doscientos adolescentes experimenten el poderoso vigor de la paz conviviendo, jugando y disfrutando mediante el intercambio de sus diferentes saberes, de sus distintos artes y de sus diversas culturas.
Desde hace ya once años, este frondoso valle, poblado de naranjos y fecundado por el río Guadiaro, se convierte en un acogedor espacio en el que, mediante unos ejercicios prácticos hábilmente programados, se nos muestra que la convivencia en paz es una meta que no nos viene dada, que no es un regalo gratuito, sino que es una lección que tenemos que estudiar de manera constante para aprenderla, y un tesoro que hemos de defender para evitar que nos lo arrebaten. Durante diez días del mes de julio, el pueblo entero se transforma en aula, en escenario y en talleres en los que, mediante creaciones artísticas como la música, el baile, el teatro, la cerámica y la pintura, se elaboran modelos de convivencia pacífica, grata y fecunda. Los monitores, guiados por Andrés Beffa, parten del supuesto de que, para “aprender a vivir en paz”, no es necesario pronunciar discursos grandilocuentes, sino proporcionar ocasiones que propicien experiencias hondas que muestren cómo, a pesar de las diferencias de los colores de la piel, de las religiones o de las culturas, debemos y podemos respetarnos, dialogar, colaborar, convivir y disfrutar. En resumen, desarrollar actividades que, a largo plazo, nos encaminen hacia la búsqueda de la felicidad personal y colectiva. 
En estos talleres se trabaja la paz concebida como una destreza, como una habilidad y como un arte que sólo se aprende practicándolo, como nos ocurre cuando, por ejemplo, pretendemos montar en bicicleta, nadar, bailar, hablar o escribir. Estos jóvenes, en contacto físico con la “madre naturaleza”, constatan que, efectivamente, la tierra es un suelo común, que el cielo es el mismo en cualquiera de nuestros lugares, que el sol nos calienta a todos o que la luna nos sigue iluminando en las diferentes encrucijadas. Mediante conciertos musicales, representaciones teatrales, bailes o graffitis, son los mismos adolescentes quienes nos explican cómo los diferentes ritmos, melodías y movimientos se pueden armonizar si nos respetamos mutuamente, si dialogamos, si colaboramos y si luchamos solidariamente para alcanzar, para defender y para mantener la paz: ese bien indispensable para la felicidad personal y para el bienestar colectivo.
A través de actividades artísticas adecuadamente programadas, los adolescentes llegan a la conclusión de que, a pesar de los mensajes que, de manera machacona, recibimos de los medios de comunicación, todos somos, no sólo iguales, sino también hermanos, y que las diferencias –todas las diferencias- adecuadamente armonizadas, constituyen fuentes fecundas para nuestro crecimiento humano, para nuestro bienestar social y para nuestro enriquecimiento cultural. Y es que, como me decía un joven de 16 años que ejercía de profesor de pintura, para apreciar el valor de la paz, hemos de desarrollar la sensibilidad, la capacidad de sentir, de admirar y de amar. No olvidemos, por favor, que viajamos en un mismo barco. Si pretendemos evitar hundirnos, si queremos llegar a un puerto seguro, hemos de remar todos, hemos de hacerlo de manera coordinada. La única manera de lograr la paz es trabajando con los demás y para los demás.
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 *** Enviado por José A. Hernández Guerrero, escritor, articulista, catedrático de Teoría de la Literatura de la Universidad de Cádiz y director del Club de Letras de la UCA. El martes de la semana pasada pronunció la Conferencia de los XI Talleres por la Paz de San Pablo de Buceite, y seguidamente "el padre Henández" recibió un homenaje del pueblo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

El homenaje no es el que el pueblo le ha dado a usted; el homenaje es: poderte tener como a uno más del pueblo. El homenaje es: el orgullo que este pueblo siente con tu presencia, con tus recuerdos, con tus discursos y con tu amistad.
-Cambiando de tema- Nadie mejor que tu podría expresar tan melosa y transparentemente, el volar de las notas musicales tras las aspiraciones de paz. Notas de niños inocentes como sus instrumentos, sus juegos, su alegría, sus carcajadas y finalmente sus lágrimas al dejarnos a nosotros - los del pueblo- pero más aún al tener que despedirse de esos nuevos amigos de Fidel, de Alá, del Sahara, de Cádiz, de Madrid...Sevilla, de España; olvidando cualquier palabra que maliciosamente suene a enemigo, a negro, mulato, blanco o amarillo, cambiándolas aquí por besos, abrazos, amistad, solidaridad !PAZ¡,amor, cariño, fraternidad y por unas lágrimas que no mojan a la rabia, al odio, a la impotencia, sino a la alegría de poderse sentir de verdad niños aprendiendo humanidad.... El suelo de este pueblo queda chorreando de nostalgia y en el aire: un sentimiento de vacío...
Algunos no volverán, pero la experiencia jamás la olvidarán, !seguro¡.
!No vale esto más que toda la equivocación del mundo¡ !Tomad nota detractores¡

Anónimo dijo...

Gracias Sr. Hernández por sus bellas palabras que nos hacen sentirnos orgullosos por lo que somos y por lo que hacemos.