¿Es posible el bienestar cuando carecemos, por ejemplo, de salud, de dinero, de vivienda o de trabajo? Nuestra respuesta, constatada en múltiples y diferentes experiencias propias y ajenas es positiva. Aunque es cierto que la carencia de cualquiera de estas necesidades y de estos derechos humanos puede desequilibrar toda la vida, arruinarla y hacerla desgraciada, también es verdad que, a veces, es posible compensar el malestar con el disfrute de otros beneficios. Esta posibilidad, sin embargo, no ha de eximir a los poderes públicos ni a los convecinos más “próximos” de la obligación de paliar solidariamente tales carencias y sufrimientos.