Sí –querido amigo Juan-, el bienestar no sólo es compatible con la ancianidad sino también con las enfermedades. Todos hemos podido comprobar cómo incluso esas dolencias y esos sufrimientos que los males físicos acarrean nos pueden hacer más lúcidos, más tolerantes, más buenos e, incluso, más felices.
Las enfermedades, igual que la vejez, desencadenan en los seres humanos –pueden desencadenar en nosotros- profundas transformaciones y ventajosos cambios. Pueden alterar, por ejemplo, nuestras manera de relacionarnos con nosotros mismos, con las personas y con los objetos que nos rodean. A veces nos acercan a algunos seres que antes estaban alejados y, en ocasiones, nos distancian de un mundo que, ingenuamente, creíamos definitivamente nuestro. Cuando nos sentimos mal, las palabras cambian de significados porque las sensaciones, las emociones y los pensamientos adquieren diferentes sentidos y distintos valores; porque se alteran nuestras jerarquías de prioridades, de urgencias y de valores.