lunes, 12 de junio de 2017

"El cuerpo", por José Antonio Hernández Guerrero

A lo largo de la historia de nuestra civilización occidental, el cuerpo y el alma se han considerado, alternativamente, como amigos inseparables y como enemigos irreconciliables. Recordemos que los filósofos presocráticos afirmaban que el alma estaba alojada en el cuerpo como en un destierro, encerrada como en una prisión o enterrada como en un sepulcro. Es cierto también que, en la tradición cristiana, junto a la tesis apoyada en las palabras del apóstol Pablo, que venera el cuerpo  como templo del Espíritu Santo, ha existido una corriente ascética que ha despreciado y maltratado el cuerpo, considerándolo como ocasión de pecados y como fuente de vicios.


En la actualidad, tras las reflexiones desarrolladas por los pensadores que han intentado superar la dualidad entre la mente y el cuerpo, ya apuntada por los griegos, se acepta comúnmente que el cuerpo no es sólo la envoltura de la persona humana, sino un elemento constitutivo de su personalidad; no sólo el sustento biológico, sino también un factor determinante del perfil psicológico y un cauce inevitable para la integración social: el cuerpo hace posible y, en cierta medida, determina el pensamiento, el lenguaje y los sentimientos. Podemos concluir afirmando, incluso, que el cultivo del cuerpo es la senda indispensable para la educación del espíritu. El bienestar humano -tanto el personal como el colectivo- parte necesariamente de la buena forma del cuerpo y del equilibrio de la mente. Si el cansancio, la fiebre o el dolor repercuten en el estado de ánimo, el ansia, el estrés y las preocupaciones, influyen negativamente sobre el funcionamiento de los órganos corporales. Pero es que, además, el cuerpo expresa, de manera directa, lo que la persona piensa, siente, desea, teme, ama y odia.

Ya resulta un lugar común afirmar que el cuerpo constituye la mejor definición de nuestra personalidad. Declara, de manera directa, no sólo nuestro estado físico sino también nuestra salud mental: nuestro equilibrio psicológico, nuestras ansiedades, nuestras aspiraciones y nuestras frustraciones. Es el termómetro más fiel de nuestro bienestar. Consideramos, por lo tanto, que es un error grave adiestrar el cuerpo para que, paradójicamente, sirva como escudo que nos proteja de la posible comunicación e, incluso, como blindaje que nos defienda de nuestros fantasmas interiores. 

Las raíces profundas de este bloqueo, localizadas en una educación errónea durante la niñez de algunas personas, han desarrollado un sistema automático de desconexión tan potente que, cuando sienten alguna sensación agradable, automáticamente cierran las ventanas de los sentidos y se colocan un corsé para protegerse y para no sentir. Recordemos que Sartre decía, por el contrario, que la caricia "no es un simple roce de epidermis sino, en el mejor de los sentidos, una creación compartida...", al acariciar comunicamos nuestros sentimientos e intentamos sentir lo que siente el otro.

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