Los buenos y, sobre todo, los que ejercemos el oficio de la bondad también somos peligrosos
Lo malo de los buenos es cuando se lo creen ellos mismos e intentan, por todos los medios, persuadirnos a los demás de que lo son: cuando, para demostrarlo, se suben por su cuenta en un altar y, en vez de pasear, procesionan por nuestra calles meciéndose a un lado y a otro, como si -hieráticos, solemnes y ceremoniosos- fueran encaramados en un paso de nuestra Semana Santa. Convencidos de su indiscutible bondad, sienten la ineludible responsabilidad de servirnos de modelos de identidad, y contraen la honrosa obligación de dictarnos lecciones de moral y de buenas costumbres. Y es que, efectivamente, algunos conciudadanos ejercen estas tareas como si fueran los “buenos profesionales” o los “santos oficiales” y, por lo tanto, contraen la apremiante obligación de dedicar su tiempo a explicarnos con sus palabras y con sus obras la bondad de sus eminentes bondades.