jueves, 28 de abril de 2016

"El tío del saco", por Francisco Quirós "Pacurro"

Como la mayoría de los niños de mi época me asustaron, con el tío del saco, el sacamantecas o  el tío mantequero.
 
La  figura de este personaje estaba inspirada en unos hechos acaecidos en los albores del siglo XX, cuando un rico, enfermo de tuberculosis mandó secuestrar y matar a un niño,  para beber la sangre del infortunado y untarse con sus entrañas, haciendo caso a una malvada curandera. Era la forma que tenían nuestros mayores para que anocheciendo nos recogiéramos en casa.

Recuerdo que esporádicamente aparecía por el pueblo,  un hombre, harapiento, barba larga y descuidada con un saco al hombro, subsistiendo  de la caridad ajena.


Enseguida lo asociamos al tío del saco, por supuesto que en el tiempo que permanecía en la localidad,  anocheciendo a casa, para regocijo de nuestras madres y abuelas. Nos cabía la completa seguridad que su intención era raptar a un niño, para vender su sangre y sus “mantecas” al mejor postor.

La ingenuidad infantil no reparaba. ¿Cómo nuestros progenitores y las autoridades del momento, por cierto muy rigurosas, permitían la presencia de personaje tan malvado?

Lo cierto es que deseábamos su marcha con ansiedad, porque es justo reconocerlo el miedo hacía chiribitas. Respirando aliviados cuando se marchaba a otro lugar.

Su estancia no era muy prolongada, no puedo precisar tiempo, pero no pasaba de los diez o quince días. Pasó la inocencia infantil, llegó la adolescencia, la juventud, la madurez y el recuerdo que aquel siniestro personaje quedó en eso, una evocación.

Un día en esas tertulias espontáneas en la plaza del pueblo, rememoramos a personajes trotamundos, que pasaron por nuestra población. "El  Tonto Linares” que sólo admitía una pregunta a la segunda, se tomaba una rabieta de mil demonios , “El Goma”, que imitaba el ruido de una locomotora y los niños nos enganchamos a él como si de vagones se tratase de esa forma se recorrían las calles, hasta que llegaba el Guardia Municipal y dejaba la máquina en vía muerta, o el artesano de “bartolitos”, pequeños muñecos de madera a modo de equilibristas , por cierto qué mal carácter manejaba el hombre, a las primeras de cambio se enojaba sin motivo justificado , por supuesto que no cayó en el olvido" El Tío del Saco."

En plena y animada charla uno de los contertulios, un señor octogenario, descubrió la verdadera personalidad de nuestro protagonista. Contaba que era una persona extremadamente sabia, culta y afable, que hablaba de países exóticos, paraísos perdidos, culturas muy distintas a las nuestras, relataba historias de conquistas, grandes batallas, amores y desamores, explicaba con detalles las aventuras y desventuras de Don Quijote, no se cansaba de repetir que era la mejor historia jamás escrita.

 No desveló nunca el motivo de su vida errante y mísera, solo que tenía que redimir una pena y el mismo se impuso la penitencia de vagar sin rumbo fijo con una existencia bastante mísera.
Su llegada a los cortijos era celebrada por dueños, capataces y braceros, en las noches de invierno y a la lumbre del fuego, sus relatos entusiasmaban y ensimismaban a todos.

Que diametralmente opuesto era la visión, que los de mi generación nos formamos del tío del saco. Aquel que acuñó la frase “Las apariencias engañan”, llevaba toda la razón del mundo.

1 comentario:

El Niño Del Corchado dijo...

Concerniente al hombre del saco,
hay muchas y varadas vertientes:
Que, si era el tío mantequero,
o que si era el ogro zampa niños,
otra que, era un hombre viejo
que iba errante por el mundo
para purgar algún delito,
también que un pobre desquiciado
que habría perdido la cabeza,
por culpa de la bebida o,
por un amor desgraciado.
De que era un vividor
y que del cuento vivía,
contando cuentos.
En la cuidad era perseguido
allá por aquellos años;
le aplicaban sin piedad ni escrúpulo,
aquella injusta y denigrante ley
de Golfos y Maleantes.
Yo tuve por aquellos entonces
un lean y fiel amigo
que era un hijo buenísimo
a la vez que buen estudiante.
Sus padres, se sacrificaron
consiguieron que estudiara
contabilidad, como Tenedor de libros
y acabando los estudios
ingresó a trabajar en un banco.
Se ganaba muy bien la vida
ya en aquellos tiempos
él, podía ir en moto.
Un día sin saber por qué, dijo: ¡Basta!
Se despidió del trabajo,
llegó a casa de sus padres,
les entregó el finiquito diciendo:
-Padre, madre,
Gracias por vuestros desvelos,
por vuestro amor y sacrificios.
Yo quiero vivir mi vida
y me voy a recorrer mundo.
Y de él, nunca más supimos,
Habían pasado los años,
yo era ya un hombre maduro,
vi a un mendigo con barba,
pero aseada y muy limpio
Con una barra de pan en una mano
y en la otra una botella de tinto
de ese, que no tiene alcohol.
Pronto lo reconocí
y al llamarlo por su nombre,
no miró ni se inmutó
Pero, lo paré y le dije:
¿No te acuerdas de mí,
yo soy tu amigo Antonio?
Entonces me sonrió
y pausadamente dijo:
Tú eras, mi amigo Antonio
porque en mi situación
no querrás ser ya mi amigo.
Y me contó por encima
lo que su vida había sido.
Feliz porque era libre,
nada ni nadie lo ataba,
por techo tenía las estrellas
Y por cama si no llovía,
toda la arena de la playa.
No preguntó por sus padres,
yo le dije que habían muerto,
le vi un poco de brillo en sus ojos
y una especie de suspiro
más, no soltó ni una lágrima.
No hubo ni alcohol ni drogas,
ni desengaño amoroso,
que así quiso él vivir,
que era feliz a su modo,
que lo había pasado, algo mal
cada vez que, al pasar
oía a una madre decir
a su hijo, a sus retoños:
Ese es el hombre del saco,
ese es el tío mantequero
y cada vez que lo detenían,
que lo duchaban y despiojaban
y muchas la ley de Golfos y maleante,
injustamente le aplicaban.
Al despedirnos él me dijo:
Nunca he hecho mal a nadie,
ni tan siquiera a mí mismo,
no robé ni para comer,
he ido viviendo de lo que he podido,
a nadie nada he pedido.
Si me han dado lo he tomado
y como consumo lo mínimo
con muy poco sobrevivo.
Nunca más lo he vuelto a ver
pero siempre él, será mi amigo.
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28.04.16
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Antonio. – El niño del Corchado-