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AUNQUE, dicho de una manera tan clara, nos puede resultar un juicio exagerado y sorprendente, lo cierto es que
la ciencia, el arte, la economía e, incluso, la política, si las abandonamos a sus propias leyes, pueden resultar unas fuerzas destructoras: pueden ser homicidas y suicidas. Con esta afirmación tan tajante no sólo reconozco el hecho histórico tan repetido y tan lamentable de la existencia de científicos, de artistas, de economistas y de políticos que han utilizado sus respectivos poderes para destruir y para hacer daño, sino que, además, advierto que, por exigencias de su propia naturaleza, las fuerzas científicas, artísticas, económicas y políticas -todas fuerzas brutas- tienden a crecer y, en consecuencia, a destruir, a aprovecharse avariciosamente de los seres más débiles que encuentran a su paso. Ésta es la ley natural, la ley de la selva, la ley del más fuerte. La historia inhumana de la humanidad está plagada -como todos sabemos- de científicos crueles, de artistas perversos, de economistas ambiciosos y de políticos criminales.